El después de la luna de miel

Y listo. Ya pasó.

Llegó el día que volvió.

Quise con fuerzas que llegara ese día por el trabajo acumulado que tenía y a la vez, no quería que ese día en que tuviera que verle el anillo puesto, llegase NUNCA.

Entré a su oficina, con el corazón en la mano. Él radiante, como siempre. Con la luz de la mañana que lo iluminaba cual dios del olimpo.

No estaba tan bronceado como esperaba, y su sonrisa de par en par un poco, me dolía. Estaba contando lo bien que la pasaron pero mis oídos, se cerraron. No quería mirar sus manos, no quería ver esa circunferencia dorada al rededor de su anular.

Pero llegó el momento, lo vi. Tuve que mirar el radiante anillo de casado que luce el amor de mí vida.

Y listo, ya pasó.

No sos boyfriend material. Sos husband material.

Con él no tengo una relación más que laboral.

Quizás por eso cuando estoy cerca suyo me siento cómoda y segura.

Quizás por eso la comunicación entre los dos fluye sin más.

Quizás por eso el respeto abunda.

Quizás por eso lo admiro.

Quizás por eso conozco sus métodos y tiempos.

Quizás por eso veo sus obsesiones y se que en su cabeza gran parte del tiempo hay proyecciones de números.

Quizás por eso se que es dinámico, práctico, confiable, que es transparente y trata de cumplir con su palabra.

Quizás por eso se que es inteligente y a pesar de eso, amable y paciente.

Quizás por eso se que maneja bien la presión y que es sumamente responsable.

Quizás por eso sé que le pone el pecho a las balas

Quizás por eso sé lo feliz que se lo ve cuando las cosas le salen bien, cuando los números le cierran, cuando reconocen su esfuerzo.

Quizás por las veces que lo vi interactuar con clientes es que supe que con él no tendría problemas al estar “en sociedad”. Es un hombre digno de presumir.

No es boyfriend material… Es husband material.

Te amo.

Sentí que me mareaba, me estaba quedando sin aire. Iba caminando pero sentía que flotaba, la gente, los autos, los ruidos, ya no los percibía. Se apagó el mundo, se tornó gris.

Una punzada en el pecho, el nudo en el estómago, el temblor en las piernas. Sentí frío. El frío de saber que encontré un amor, que no va a ser mío.

Que encontré un amor, que se está por casar. Qué estupido. Qué incoherente sentir así.

Se me desgarra el corazón. Sé que la próxima vez que lo vea va a relucir en su dedo el anillo, y yo por dentro me voy a desarmar… Como ahora, que siento como sangro. Siento el dolor, la angustia que me oprime.

Mí lado primitivo me grita: “DECILE!!! Decile que lo amas, que por él haces todo. Que con él te casas, tenés muchos hijitos, planeas viajes, lo acompañas en su crecimiento profesional. Que con él pasarías las tormentas más duras, que te importa que tenga una hija y que sabés que no sería fácil pero que le darías para adelante igual hasta el fin del mundo, que con él te sentís cómoda, que no hay nadie más divertido, no hay nadie más elegante, no hay nadie más bonito y con una sonrisa más iluminada que él. Que con él no tenes miedo, que por él pones las manos en el fuego, que en él confias, que por él apostas todo lo que tenés. Que no importa nada más. Que si él te dice vamos, vos volás”

Pero hay otra parte de mí, que comprende que es un hombre que tiene su camino, que hay algo más importante que mí sentir, y es el respeto que le tengo.

Es saber que tiene una familia, y que sería irrespetuoso verbalizar mis sentimientos. Que no es correcto, que no debo interferir. Que esto no es una novela romántica, que no puedo ser tan egoísta.

Que no solo está él, sino que del otro lado hay una mujer. A quién también respeto.

Y que estoy yo, que lo amo. Y por eso, lo quiero completo, lo quiero bien. Desearía tenerlo conmigo, haberlo conocido antes, pero a medias, a escondidas, traicionando… No sirve. Por eso, junté todo el valor que me quedaba, y le deseé que sea feliz.

Y es probable que todos los días me arrepienta de no haber hecho ni dicho nada. Y es probable que hasta la muerte me pregunte, “Qué habría pasado si…”

Supongo que es el precio que tengo que pagar por ser cobarde.

Qué bonitos ojos tienes detrás de esas dos cejas

Sentado, la luz del medio día que entra por la ventana, proporciona el balance justo para que sus ojos verdes se enciendan. Su camisa con rayas a tono, también ayuda a resaltar el color.

Su espalda erguida, y la elegancia con la que se adueñó del entorno, lo hacen maravilloso. Con el pasar de los minutos se ve cómo se mimetizó con la finura y extravagancia del ambiente, ya no es regular.

Esa capacidad de mimetizarse lo hicieron mágico, la forma en que se volvió el protagonista de la mesa con sus chistes y comentarios cargados de fundamentos, lo hacían irresistible. Las carcajadas medidas que lanzaba, con esa sonrisa perfecta y su postura de Dios del Olimpo, lo hicieron devastador para mí.

Escribiendo se sobrevive

Nunca pensé que ibamos a terminar trabajando juntos; con ese extraño y misterioso muchacho, con mirada dura y expresión seria.

Pero mucho menos pensé que podía llegar a enamorarme.

Claro, cuando ves algo de lejos, a veces no te llama la atención. Hasta que lo ves de cerca y tenés la posibilidad de apreciar por ejemplo, en un pantalón, la buena calidad de la tela con la que fue hecho, que tiene doble costura que te asegura no se va a romper de primera, que las terminaciones son prolijas, que no son falsos los bolsillos, que el cierre está bien cosido, entres cosas.

Fue exactamente ESO lo que me pasó con él. Sabía quién era, sabía cómo lucía, qué tono de voz tenía, pero nada más.

Y qué maravilloso el día que mis ojos tuvieron que mirar directamente los suyos… En ese mismísimo momento, me di cuenta que no iba a ser fácil.

Era magnético.

No quería dejar de mirarlo pero tenía que concentrarme. Un millón de palabras salían de su boca para tratar de explicarme un poco lo que debería yo saber. Difícil tarea la que le asignaron, de hacerse cargo de mí y lograr que saliera “un ser comercial de bien”

A la semana, sabía que ya no había vuelta atrás. Ese misterioso muchacho resultó ser un caballero, un hombre como pocos. Toda la responsabilidad, seriedad, compromiso, paciencia y bondad que faltaban en el mundo, le sobraban todo a él.

Los primeros suspiros de la historia de amor más desgarradora que viví

No recuerdo la primera vez que lo vi. Si recuerdo la primera vez que lo vi almorzando, todo prolijo. No comía del Tupper como la mayoría, tenía su plato blanco y sus cubiertos. Me impresionó tanto la perfección de su comida que hasta hoy recuerdo que su almuerzo consistió en unas papas cortadas en cubitos y rodajas de carne al horno. Me pregunté si se lo habría cocinado él… Hoy sé que no.

La segunda vez que llamó mi atención fue cuando me enseñó como servir café de la máquina directo a la taza, sin usar el vasito plástico que viene por defecto cuando elegis la bebida.

La tercera vez que “lo vi”, fue entrando apurado al piso 22, con una chica y una nenita. Me pregunté quiénes serían… Si sus hermanas, o su novia y la hermanita.

La cuarta vez que me llamó la tención fue cuando me enteré que esas chicas con las que había entrado a la oficina, eran nada más y nada menos que su mujer y su hija.

La última vez que llamó mí atención fue en el año 2016, en el único after al que lo había visto asistir.

Estaba desacatado, transpirado, gritaba. Literal! Me impresionó, me pareció contradictorio. Esa noche… Me sacó a bailar.

Rubio, alto, de ojos claritos. Era el típico “polaco de la chacra” de Misiones. Me miraba fijo, me hacía sentir incómoda.

Bailaba bien, no me lo esperaba. En cada giro, dejaba su mano apoyada en mí cintura y eso no me gustaba.

No me gustaba lo que estaba viendo, y me pareció que la cosa se podía desmadrar. Hoy pienso que estaba equivocada y eso fue solo una impresión.

Después de esa noche ya no lo veía con los mismos ojos. Y pasaron meses hasta que volví a prestarle atención .

Era enero de 2017, estaba con mis amigas en Punta del Este, pagando todos mis pecados mientras caminaba 12km bajo el sol del verano, para llegar a Casa Pueblo. En ese momento estaba perdidamente enamorada de un rubio, con el que andaba momentáneamente.

Cuando por fin llegamos a Casa Pueblo, lo primero que buscamos fue una red de wifi libre, lo segundo, un baño. Muy emocionada, me conecté para ver si el anteriormente mencionado muchacho había intersctuado en alguna de mis fotos. Nada. Descepcion total… Sin embargo entre las tantas interacciones que tuve, me llamó la atención en particular el “me gusta” del chico rubio y reservado de la oficina. Este gesto me pareció copado de su parte, por lo que horas después cuando ya estábamos en el hostel, decidí seguirlo. Como no recordaba su nombre de usuario, volví a las notificaciones para buscarlo desde ahí y para mi gran asombro, el MG HABIA DEDAPARECIDO!

Y no hay nada más cobarde que eso, en estos tiempos de redes sociales. La realidad, es que podría haber sido él cómo alguno de sus compañeros… Either way.

Al tiempo, reviso mis notificaciones de LinkedIn, resulta que este muchacho había visto mí perfil. Pero no me había invitado a conectar. OK. La invitación se la mandé yo. Al tiempo, estábamos conectados al menos por LinkedIn.

No son vos.

Me desgarro por adentro tratando de dejar de pensarte. Qué enfermedad. A todos los rechazo, todo hombre que conozca no es tan gracioso como vos, tan elegante como vos en tapado, no huele como vos a la mañana, no sabe todo lo que sabes, no tiene tus ojos transparentes, ni esa sonrisa que es manantial de mi alegría.

Todos los fines de semana, te olvido un poco. Pero el lunes es el botón de RESET. Vuelvo a cero… Y es así, todas las semanas, todos los meses, desde que te ví. Desde que de verdad, te vi.

Se lo que es tener el corazón roto… “En el juego del amor, mucho he perdido” dice Maluma. Y yo también.

Se lo que se siente, y que duele distinto. El dolor de la indiferencia, es uno de los peores; pero nada comparado al dolor de no poder hacer nada. Del saber lo genialmente genial que es la otra persona y por cuestiones de la vida, no hacer nada. El dolor de tener que aceptar que ese amor imposible, tiene una vida con otra persona y que si elije a alguien todos los días, ese alguien NO sos vos.

Que tragedia, que trago amargo. Que estupidez… Inexplicable. ¿Por qué? ¿Con qué razón el corazón se empeña en hacernos sufrir?

Cada día que pasa, se materializa más la idea. Cada día es mas real, y cada día duele más.